miércoles, 11 de febrero de 2009

17) Contraataque en la niebla



CONTRAATAQUE EN LA NIEBLA

Noche fría, oscura, húmeda. Aun faltan algunas horas para que amanezca el día 11 de enero de 1937. En el frente de Madrid la guerra continua, pero el día anterior ha sido una jornada tranquila en el sector de Las Rozas. El 9 se produjo el último intento republicano por reconquistar este pueblo. Ataque que de nuevo han rechazado las tropas franquistas.

Desde el día 5 de enero los legionarios y regulares al mando de Iruretagoyena se han establecido en plan defensivo sobre el terreno conquistado en días anteriores, entre Villanueva de la Cañada y Las Rozas, protegiendo la retaguardia del resto de columnas franquistas que confluyen hacia la capital, y que, tras duros combates, han ocupado ya la Cuesta de las Perdices y el Cerro del Águila.

La situación se hace grave para los defensores de Madrid. Por ello, el Alto Mando Republicano ha preparado un ambicioso contraataque con el objetivo de destruir las conquistas franquistas en este sector y atacar por la retaguardia a las tropas del general Orgaz. La idea de maniobra diseñada por Vicente Rojo es la siguiente: la XII Brigada Internacional atacará Majadahonda; por el centro el batallón Garibaldi y a la izquierda el Dombrowski, que debe de enlazar con la XIV Brigada Internacional y con la 3 Brigada Mixta con la misión de cortar la carretera entre Majadahonda y Las Rozas, ocupando esta última localidad. Cubriendo el flanco derecho del dispositivo, la 35 Brigada Mixta, que atacará Villanueva del Pardillo.

Para cumplir esta misión, el 10 de enero han llegado a Madrid la Brigada XIV desde Córdoba, y la XII desde Brihuega. Ambas llevan 48 horas sin dormir. Están exhaustas después de violentos combates ofensivos en sus respectivos frentes. Entre los hombres se murmura, hay descontento. El batallón alemán de la XIV pide que se le concedan 12 horas de sueño. Pero su comandante, el “General” Walther, no quiere saber nada de quejas y se limita a leer las órdenes que ha recibido del Estado Mayor. Walther se dirige a los delegados de batallón. En vez de hablarles de antifascismo o consignas revolucionarias (con las que los oficiales solían animar a las tropas), les explica la crítica situación: si los rebeldes amplían su saliente al oeste y noroeste de Madrid la ciudad se verá obligada a rendirse. “El gobierno ha llamado a sus mejores tropas, camaradas, y eso sois vosotros. ¿O es que se equivocó al elegir a la XIV Brigada?”. Todo esto se lo transmite en polaco mientras un intérprete traduce al alemán (posiblemente sea la única vez en la historia en que un polaco a arengado a tropas alemanas). Los delegados volvieron a sus batallones y la XIV Brigada se dispuso a intervenir en la batalla.

Apenas queda una hora para que amanezca. En las explanadas del Puente del Retamar, donde el Arroyo del Lazarejo se une al río Guadarrama (km. 7 de la carretera de El Escorial), las tropas republicanas ultiman los preparativos. Las fuerzas de choque ajustan las bombas de mano a sus cintos y correajes, calan bayonetas, se colocan sus cascos. Con dedos entumecidos por el frío van llenando de cartuchos los peines-cargadores. Algunos apuran la ración reglamentaria de aguardiente y coñac que se reparte entre aquellos que la quieren. Tensión, nervios, humedad, miedo.

Por fin, la potente agrupación de combate se pone en marcha hacia sus objetivos. En vanguardia, la infantería, a los flancos, algunos carros de combate, los temidos T-26 de fabricación soviética. Primer objetivo, el Vértice Cumbre, puesto clave del sector. Todos avanzan confundidos entre una espesa niebla.

En esos mismos momentos, en el Vértice Cumbre, a la altura del Km. 3 de la carretera de El Escorial, un destacamento de marroquíes hace guardia en las mismas trincheras de las que días antes han desalojado a los republicanos. Envueltos en sus chilabas y turbantes aguantan el frío nocturno de enero. Prohibido hacer fuego, fumar o encender ninguna luz que pueda servir de referencia a los francotiradores enemigos. En una espesa y húmeda oscuridad, cubiertos por una densa niebla, los africanos escrutan el terreno, atentos a cualquier mínima señal que pueda delatar un ataque sorpresa. La noche va llegando a su final, pero la visibilidad sigue siendo casi nula. La niebla lo cubre todo. Uno de los vigías avisa al oficial. En la distancia le ha parecido escuchar un sonido mecánico. Todos agudizan el oído, pero sólo un inquietante silencio se extiende por el entorno. Parece una falsa alarma. Pero, de repente, todos pueden escucharlo. Un chirriar metálico, un acompasado retumbar avanza por la carretera. No hay duda, son carros de combate que se están aproximando a la posición. Agitación y nervios en el Vértice Cumbre. Carreras, voces, órdenes, preparación de fusiles y ametralladoras.

No han terminado de darse cuenta de lo que pasa cuando la artillería republicana ha comenzado ya a abrir su fuego de cobertura. Los obuses caen sin piedad sobre la posición franquista. Sus defensores intentan protegerse de la metralla tumbándose en el suelo, acurrucándose contra las paredes de la trinchera. La tierra tiembla. El humo y el polvo se juntan con la niebla. Al terminar la lluvia de fuego los hombres están aturdidos, llenos de barro, algunos sangran, otros han quedado tendidos para siempre en el fondo de la trinchera. Pero no hay tiempo que perder, porque, a los lamentos de los heridos y a las voces de los oficiales, se unen los gritos de los atacantes. Entre la niebla los internacionales trepan las rampas que suben hasta el Vértice Cumbre. A la carrera, bayoneta en mano, se lanzan al asalto.

Los moros los tienen prácticamente encima. Desesperadamente abren fuego con las ametralladoras, casi a ciegas, disparan sus fusiles contra una niebla de la que salen balas y gritos. Los T-26 rodean la posición, disparan sus cañones y ametralladoras. Los primeros asaltantes llegan a las trincheras: bombas de mano, filos de bayonetas, tiros y más tiros. Pronto, la resistencia de los defensores comienza a quebrarse. Algunos marroquíes se rinden, otros intentan huir dirección Las Rozas. Unos lo consiguen, otros son alcanzados por la espalda.

Son las primeras horas del día 11 de enero de 1937 y, el Vértice Cumbre, vuelve a ser posición republicana. Tras este éxito inicial las tropas se desdoblan: la XII B. I. avanza en dirección Majadahonda, la XIV lo hace hacia Las Rozas. Por delante quedan cinco días de fieros combates por el control de estos pueblos. Con temperaturas que rondarán los 0º, los ataques y contraataques se sucederán con obstinación. Finalmente, una tenaz resistencia franquista terminará por neutralizar la ofensiva republicana. Los dos ejércitos, exhaustos y agotados, suspenderán los ataques el día 16 de enero, poniendo fin a la Batalla de la Carretera de La Coruña.

Poca gente se acuerda de estas cosas. El magnífico Puente del Retamar, que data del siglo XVIII, continúa viendo pasar por sus ojos de granito las aguas del río Guadarrama. Unas aguas menos salvajes y más contaminadas que antaño. Las explanadas en las que se concentraron las tropas republicanas para su contraataque son hoy una agradable zona de recreo con aparcamiento, merenderos y columpios infantiles. El Vértice Cumbre es un lugar tranquilo al que no se acerca demasiada gente. Los vertidos incontrolados de escombros han alterado algo la zona, pero aun se yerguen las ruinas de varias fortificaciones construidas por los franquistas tras los combates de enero de 1937. Han pasado más de setenta años y aquellos días de guerra, por fortuna, quedan ya muy lejos.

JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ

Fotografía 1: Soldados republicanos al asalto de una posición (Archivo Rojo, AHN).
Fotografía 2: Tanque T-26 en acción

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