lunes, 27 de agosto de 2012

117) ¡Brunete! (2ª parte)





¡BRUNETE! (SEGUNDA PARTE)
En la anterior entrada  veíamos, a través de los testimonios de algunos de sus protagonistas, como fue el inicio de la ofensiva que el Ejército Popular de la República desencadenó en el oeste de Madrid en el verano de 1937. La sorpresa inicial permitió a los republicanos infiltrarse en territorio enemigo, ocupando el pueblo de Brunete con relativa facilidad. Pero la decidida resistencia que mostraron las guarniciones franquistas en lugares como Los Llanos, Villanueva de la Cañada y Quijorna, supondría un importante contratiempo para los mandos republicanos, los cuales, mostraron una gran indecisión y falta de iniciativa para afrontar los contratiempos e imprevistos que fueron surgiendo a lo largo de la ofensiva. Algo que contrastaría con la actitud que en los primero y más críticos momentos mostraron los diferentes oficiales del Ejército Nacional que se encontraban al mando de las guarniciones de la primera línea y de la retaguardia más inmediata a la zona de combates.
Veamos como recordaba un oficial del Cuartel General que la 11 División del Ejército Nacional tenía instalado en Boadilla del Monte, los confusos y tensos momentos en los que empezaron a llegar las primeras noticias del ataque republicano:
“Los primeros momentos fueron espectaculares. Todo parecía que se había roto, que se había trastocado. Nuestro frente había sido perforado y el enemigo había penetrado profundamente sin disparar un tiro. No funcionaban nuestras transmisiones y vivíamos del rumor, o, mejor dicho, no vivíamos, porque si bien parecía que nuestras posiciones no habían caído, sin embargo, por allí andaban los rojos, por nuestra retaguardia (…) La preocupación nuestra, en vista de todo esto, era impedir que la brecha se agrandara (…) ¿Qué podíamos hacer? Pues dos cosas imprescindibles. Primero, la más urgente: cerrar el paso hacia Boadilla en previsión de que los de Brunete o los de las dos Villanuevas se nos echaran encima. Segundo, la más importante: impedir que los quince o veinte mil hombres que no emplearon en la brecha de Brunete se dedicaran a abrir más la bolsa. Es decir, que la bolsa fuera solo de Brunete y no de Boadilla y Villaviciosa además.
Y, así, el mismo día 6, mandamos a la línea de alturas que hay al oeste de Boadilla, y que domina el río, todo lo que pudimos reunir. No era mucho, pero el peligro de ataque tampoco era inminente. Se trataba de poner allí algo, de establecer una cortina de fuego, por ligera que pudiera ser. Luego, ya veríamos de reforzarla, completarla y darle profundidad.  (Oficial de la 11 División del Ejército Nacional destinado en Bodilla del Monte).
Un sargento del Ejército Nacional destinado en Villaviciosa de Odón recuerda también aquellos primeros momentos:
“El 6 de julio cayó martes. Nos despertó un fuerte ruido de explosiones que provenían del oeste. Subí a la torre del castillo y, al poco rato, llegó el capitán y un alférez provisional que mandaba un par de secciones de Pontoneros. El horizonte, desde Navalcarnero, al sudoeste, hasta Villanueva de a Cañada, al noroeste, estaba como en llamas. Se elevaban grandes columnas de humo (…) En el pueblo, la gente se arremolinaba con inquietud creciente. Algunos paisanos andaban cargando sus carros con los enseres que podían caberles (…) Cuando volvieron los oficiales, ordenaron que el castillo se pusiera en estado de defensa. Yo salí a reunir la gente y nos pusimos a rellenar sacos terreros para cubrir las ventanas del piso bajo. Los de Pontoneros se habían venido al castillo también, después de hacer una descubierta hasta el arroyo de la Vega, por la mañana, a las órdenes de su alférez.
El día 7 siguieron llegando refuerzos. Por la mañana llegaron una columna de municiones y una serie de unidades de Sanidad, con sus mulos, sus camilleros y sus señoritas enfermeras. Por la tarde llegó un batallón de gallegos que se fue al frente sin casi poner los pies en el suelo.
La defensa del pueblo quedó en manos de unos doscientos hombres, de los cuales, casi la mitad carecían de armamento y desconocían lo más elemental de la instrucción para el combate. Pero nuestro trabajo no puede decirse que fuera estéril. Con más o menos dificultades, el pueblo se puso en estado de defensa y, lo que es más importante, se montaron todos esos órganos de servicios que hacen posible que las tropas de primera línea combatan y venzan al enemigo.” (Sargento del Ejército Nacional destinado en Villaviciosa de Odón).
Como vemos, las guarniciones franquistas, a pesar de la sorpresa inicial, reaccionaron rápida y adecuadamente, improvisando unidades con las que intentar, en espera de la llegada de más refuerzos, cerrar el paso a las fuerzas republicanas. El mismo sargento que anteriormente nos describía como se vivieron los primeros momentos en Villaviciosa de Odón, nos cuenta ahora como fue enviado al frente enrolado en una de esas improvisadas unidades:
“El caso es que, en el amanecer del día 8, fui llamado por el alférez de Pontoneros y recibí orden de reunir los hombres que pudiera. Junté hasta veinte y me presenté con ellos en el castillo. Les dieron un fusil, 150 cartuchos a cada uno y nos pusimos en movimiento. Nos mandaba el alférez.
Salimos por el camino de Boadilla, pero, al llegar al arroyo de la Vega, en vez de continuar por el camino que tomaba a la derecha, seguimos de frente por una vereda. La vereda se encaramaba suavemente a los cerros que dominan el río Guadarrama por el este. Nuestro destino era una loma suave que tenía al frente un resalte de menor altura, y, a retaguardia, una colina alargada. Nuestra misión, por lo que nos explicó nuestro nuevo jefe, era impedir el paso del enemigo hacia Villaviciosa, de la que distábamos unos tres kilómetros (…)
De la parte de Brunete llegaba el incesante estruendo del combate. Más al norte, se luchaba en la parte de Villafranca. Entre ambos puntos se veía el humo del ataque a Quijorna. La sensación que me daba todo aquello era de aislamiento y de peligro. A nuestra derecha, el terreno subía hasta el vértice Mosquito. A la izquierda bajaba suavemente hasta caer al arroyo de la Vega, como a unos dos kilómetros (…) Cavamos como pudimos unos menguados pozos de tirador. Era poco, pero era algo.” (Sargento del Ejército Nacional destinado en Villaviciosa de Odón).  
Otro soldado del 75 Batallón del Regimiento de la Victoria, nos deja testimonio de como, bajo las órdenes del teniente coronel Álvarez Entrena, su unidad avanzó desde Villaviciosa de Odón hasta la Loma Quemada, frente al pueblo de Brunete, para intentar fijar allí al enemigo:
“Cayó la noche del día 6 de julio. ¡Cacho, qué día! ¡Y toda la noche y todo el otro día! Si no la casqué entonces es que ya no la casco nunca.
No te puedes hacer una idea de lo que es ir avanzando hacia un sitio donde sabes que va a haber leña. Y nada, sin saber cuando te la vas a encontrar ni dónde. Cada recodo del camino, cada hondonada, cada grupo de árboles, una sospecha de emboscada. Y seguir por la carretera que cada vez parecía más peligrosa, más a propósito para que nos atacaran (…) Y,  a todo esto, un tiroteo de miedo por todas partes y la aviación bombardeando a base de bien por la parte de abajo, tanto, que se veían las nubes desde la carretera. Y mucho ruido, mucho, que venía de más allá del río, del sitio a donde nos dirigíamos (…)
Por fin pareció que habíamos llegado. Hicimos alto los que íbamos en cola, y vi que las compañías de cabeza se iban desplegando a un lado y otro de la carretera subidos a unos altos. ¡Malo! (pensé); eso es que los jefes han visto algo y va a empezar en seguida la marimorena.
Y en efecto (que uno ya llevaba un año de guerra) empezaron los tiros. Al principio, pocos, espaciados. Por encima de nuestras cabezas silbaron algunas balas. Luego, se fueron haciendo más seguidos. Nos desplegaron hacia la derecha. Había que subir una cuesta, hasta una calva pelada. Allí entramos en posición.
Me quedé tieso. Enfrente se veía Brunete. Una birria de pueblo. Pero aquello era un hormiguero humano. Había gente para parar un tren. Y también tanques y caballos. Aquello debía de ser una División. ¡Anda, que como vinieran! (…) Y (ya se sabe en estos caso), lo primero, cavar aunque sea con las uñas y aunque no sea más que para diez minutos.” (Soldado franquista del 75 Batallón del Regimiento de la Victoria).
Salvo Brunete, que cae en los primeros momentos de la ofensiva republicana, el resto de posiciones que son atacadas resisten con eficacia y obstinación. Mientras, van llegando unidades más o menos improvisadas desde la retaguardia franquista con las que se refuerzan al resto de guarniciones del sector y se ocupan nuevos puntos desde los que intentar frenar la progresión republicana. Las escaramuzas y las pequeñas acciones de combate, algunas de las cuales adquirirían una violenta intensidad, se suceden por toda la línea de contacto que, poco a poco, se va definiendo en las primeras horas de ofensiva. Un buen ejemplo de estos primeros combates se producirá en la casilla de peones camineros ubicada a tres kilómetros al sur de Brunete. Francisco Moral, soldado franquista del 73 Batallón de Toledo, participó en aquella lucha:
“El día 6 de julio salimos de Seseña a Sevilla la Nueva empezando la llamada Batalla de Brunete. Aquello fue una carnicería. Había una caseta en un cerro que la tomábamos veinte veces nosotros y otras tantas los rojos, todos los días. Para que nuestra aviación no nos bombardeara colocábamos unas sábanas para que las vieran desde los aviones. Primero mi puesto fue de camillero y a partir de julio del 37 ocupé ser enlace a las órdenes del Comandante Jefe del batallón, Don Teodoro Arredonda. Este puesto o destino lo ejercí doce días pues el 18 de julio de ese mismo mes fui herido por arma de fuego enemiga. Desde ese momento no paro de buscar al que me hirió para darle un abrazo porque me libró de que me mataran. Me hicieron la primera cura debajo del puente de la carretera que conduce a Brunete.” (F. Moral, soldado del 73 Batallón de Toledo).
La rápida reacción de los mandos franquistas, que, sin conocer suficientemente la situación, decidieron salir con lo que pudieron reunir al encuentro del enemigo, sumado a la indecisión mostrada por los mandos republicanos en los primeros momentos, tendría una enorme importancia en el posterior desarrollo de la batalla. Las guarniciones franquistas se enquistaron en sus posiciones con la decisión de resistir a toda costa. Un ejemplo de estas “Resistencias Decisivas”, fue la protagonizada por el teniente coronel Álvarez Entrena y sus hombres en la Loma Quemada, frente al pueblo de Brunete. Un soldado franquista, observador directo de aquellos combates, recordaba años después:
“Delante de nosotros ya había empezado la función (…) Desde donde estaba con el capitán, pude ver la operación muy bien. Los de la Compañía subían al cerrete, donde iban entrando en posición.  Delante de nosotros y, a la izquierda, sobre otra altura se veían dos hombres. El capitán dijo que eran el jefe de la columna, un teniente coronel que se llamaba Álvarez Entrena, y un teniente de nuestro Batallón (…) El combate empezó en seguida (…) Los primeros en acercarse iban derechos al cerro más alto donde estaba la 1ª Compañía. Pero se detuvieron como a mitad de camino. Entonces empezaron a tirar cañonazos contra los del cerro. Eran los tanques que yo había visto a la salida del pueblo (…) Pero los rojos se veía que no estaban de broma. Los cañonazos de los tanques fueron haciéndose  más seguidos, y con ellos un fuego intenso de fusil y ametralladora que empezó a producir algunas bajas (…) El tiroteo se fue formalizando, pero los rojos no se decidían a un ataque fuerte: debían de tener miedo de que fuéramos muchos más.
(…) Contra la tierra se estrellaban miles de proyectiles que levantaban nubes pequeñitas de polvo (…) Los rojos empezaban a subir la cuesta para llegar al asalto. Las ametralladoras tiraban al bulto (…) Los rojos seguían subiendo, aprovechando las partes a cubierto, que eran pocas, pero que las había. Yo me metí en faena con mi fusil, un mejicano, más malo que la madre que lo parió, que me daba la lata con la uña extractora, que no agarraba bien el culote del cartucho. Pero ya he dicho que era buen cazador y sabía tirar, así que me busqué un buen puesto de tiro y, como cuando andaba a la espera de los conejos, tío que aparecía por mi lado, tío que doblaba la servilleta.
(…) ¡La que se armó! De pronto vimos una masa que avanzaba en nuestra dirección. Pero una masa grande y cerrada como la langosta. Empezaban a subir por las laderas. Llenaban las pequeñas vaguadas y ennegrecían los lomos de las tierras de labor. Allí se le encogía el ombligo al tío más templado. Si seguían avanzando así, nos copaban. Eran muchos, lo menos dos batallones, que venían de frente. Cerca de mí, una Saint-Etienne tiraba segando filas. Los proveedores no daban abasto. Un poco más allí, un fusil ametrallador de marca belga hacía fuego de frente. Todos los hombres estaban ocupados en rechazar el ataque. Sin embargo, la presión era fuerte. El enemigo, por la parte izquierda, que era por donde menos cuesta había, logró acercarse a nuestras líneas a la distancia del alcance de las bombas de mano. Algunos muchachos debieron de sentirse cogidos y empezaron a perder terreno hacia atrás. Fue un momento de mucho peligro que estuvo a punto de cargarse la línea, y, con ella, seguro, la posición. (Soldado franquista del 75 Batallón del Regimiento de la Victoria).
En algunos de estos primeros combates, el coraje con el que atacaban los unos, y la obstinada decisión de resistir a toda costa que mostraban los otros, provocarían terribles luchas cuerpo a cuerpo, de cuyos efectos nos deja testimonio un alférez provisional de un batallón franquista:
“En la noche, alumbrada siempre por el fuego de las armas, se produjo una vez más el lúgubre espectáculo de la recogida de bajas. Mis gallegos ayudaron en la operación. El número de muertos era elevado. Había ramales de trincheras en los que los cadáveres, a veces de los dos bandos, se amontonaban en una trágica mezcla. El atacante había lanzado uno de sus golpes más duros y había tratado de llevarlo hasta sus últimas consecuencias. En algunas partes de la línea se había producido el acto final del ataque, el asalto, esa terrible operación que consiste en desalojar al enemigo de su posición en un combate sin cuartel, de hombre a hombre, combate en el que todo vale, en el que la muerte de los que se oponen es la única salida honorable. En casos como este, los muertos superan a los heridos. Generalmente no hay prisioneros porque la rabia ciega a los hombres y sólo la aniquilación del que está en frente es garantía de supervivencia.” (Alférez provisional del Batallón 191, agregado a la 13 División del Ejército Nacional al sur de Brunete).
Eran los primeros momentos de la Batalla de Brunete y, combates como los aquí narrados, no eran más que el trágico preámbulo de unas terribles y largas jornadas de muerte y destrucción.
FIN DE ¡BRUNETE! (SEGUNDA PARTE).
CONTINUARÁ…
JAVIER M. CALVO MARTÍNEZ.
Fotografía 1) Palacio de Boadilla del Monte, Cuartel General de la 11 D. del E. N. (JMCM,2011).
Fotografía 2) Loma Quemada, posición defendida bajo las órdenes de Álvarez de Entrena (JMCM, 2012).
Fotografía 3) Campo de batalla (JMCM, 2012).

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